Cómo está hecho
Dos o cuatro tertulianos de inteligencia artificial debaten el tema que tú elijas, en un plató 3D, con presentador, público y voces sintetizadas. Y si te apetece, te sientas tú a la mesa y debates con ellos. Todo se genera en el momento: nada está grabado de antes, ni el guion ni las voces.
Y todo funciona con planes gratuitos. Esta página es el mapa de qué hace cada pieza, cuánto aguanta y qué pasa cuando se acaba.
Por dónde pasa cada cosa desde que le das a «¡Al aire!».
Sirve la web y ejecuta el servidor entero. Aquí vive el motor que reparte la palabra y decide quién habla en cada momento.
100.000 peticiones al día · ~70 por visita y programa → ~1.400 programas diarios
El modelo gpt-oss:120b escribe cada intervención metido en su personaje: el cínico, la pragmática, el escolástico.
~3.075 peticiones por semana → ~65-100 programas semanales
Pone la voz. Once voces distintas en español, una por personaje, y la emoción se nota en la velocidad y el volumen de cada frase.
1.000.000 de caracteres al mes · ~6.000 por programa → ~165 programas mensuales
Entra solo si a Google se le acaba la cuota, y entra sola: nadie tiene que tocar nada. Las voces no son las mismas, así que el programa avisa del cambio.
500.000 caracteres al mes → ~83 programas más
Guarda los personajes en 3D y sus animaciones. Están aquí y no en la web porque pesan demasiado para servirlos de la forma normal.
829 MB de 10 GB · 8% ocupado
Dibuja el plató, mueve a los personajes y hace que se miren entre ellos cuando se nombran. Se carga desde un CDN público.
Software libre · sin cuota
Cuando el tema del debate da para ello, el presentador anuncia un corte a reportaje: aquí sale el vídeo real que se ve mientras suena la locución. Solo se pide una vez por programa, y solo si hay algo visual que buscar — un tema sin imagen física clara se queda sin corte, no rellena con algo que no viene a cuento.
20.000 peticiones al mes · 1 como mucho por programa → nunca es el cuello de botella
No es lo que parece: cada servicio cuenta en una ventana de tiempo distinta.
Todo lo de arriba se ve. Esto no: es la fontanería que hace que veinte cosas que ocurren a la vez —voces, cuerpos, cámara, rótulos, efectos— no se pisen entre ellas cuando nada está grabado de antes y el guion se escribe mientras suena.
En un plató generado hay dos capas que dicen qué está haciendo un personaje: la contabilidad —banderas como «está hablando», «tiene un gesto puesto»— y el cuerpo, que es lo que el motor de animación escribe en los huesos ese fotograma. La contabilidad se actualiza en el camino de éxito; las escenas fallan por veinte sitios. Cuando se desincronizan, aparece el fallo estrella: un muñeco que habla sin moverse, o que se queda congelado con las manos arriba.
La regla que ordena todo lo demás: manda el cuerpo, no la contabilidad. Ante la duda no se pregunta a una bandera, se mira qué hay puesto.
Quién puede tocar un esqueleto, y por dónde tiene que pasar para hacerlo.
Antes mandaban cinco sitios a la vez sobre el mismo esqueleto y ninguno sabía qué habían hecho los otros. Ahora solo una función enciende y apaga, y su regla es una: enciende la nueva y después suelta la anterior. Al revés dejaba un fotograma sin nada puesto — y un esqueleto sin nada que lo escriba salta a su pose en T.
Una red que nunca debería sonar. Cada segundo compara la postura de cada cuerpo con la del segundo anterior: si los huesos no se han movido, lo que hay puesto no está animando, diga lo que diga la contabilidad. Si salta, es que hay un camino que no pasa por el árbitro.
Once carriles —voz, tumulto, escena, movimiento, ambiente, cámara, rótulo, reportaje, vídeo, sintonía, acción— midiendo contra un solo origen. De cada cosa queda cuándo entró, cuánto se esperaba y cuánto duró. Y no solo registra: cuadra, y devuelve lo que no encaja.
Durante mucho tiempo el reloj medía todo lo que suena y nada de lo que se mueve, así que las dos cosas que hay que sincronizar no se podían comparar: un personaje hablando sin gesticular era invisible para el instrumento aunque saltara a la vista en pantalla. Se instrumentó el árbitro, que es el paso obligatorio, y ahí dejó de escaparse un solo movimiento.
Ningún archivo puede crecer: si se pasa de su tope, falla el despliegue. Así se llegó a seis mil líneas la primera vez, añadiendo «una cosita» en el archivo que ya estaba abierto. Cuando un tope estorba, la pregunta no es subirlo — es qué responsabilidad se ha colado ahí.
Ningún módulo coge nada del ámbito: todo entra por argumento. No es purismo — es lo que permite ejecutar el código de producción fuera del navegador, con un plató de mentira debajo, y recorrer cientos de combinaciones de pelea sin abrir una pestaña.
Un programa combina estilo × modo × rama de pelea × desenlace × quién se marcha, más sesenta y una bifurcaciones por azar sueltas: del orden de veinticuatro mil programas distintos. Jugar uno enseña uno. Así que no se prueban casos: se prueban invariantes —lo que debe cumplirse salga lo que salga— sobre todas las combinaciones y con el código real.
Y la lección que más ha costado: un banco de pruebas sin calibrar no opina. Antes de acusar a nadie, corre las mismas escenas con un montaje sano y otro roto y exige ver la diferencia. Si no la ve, se declara averiado y se calla — porque un verde falso convence, y no hay nada más caro que un número que miente.
El modelo no escribe «un debate»: escribe una intervención concreta en una situación concreta. Cada casilla de aquí es una plantilla distinta, con su propia instrucción — y el servidor decide en cada turno cuál toca.
22 plantillas de guion, y ninguna se elige a mano: el servidor las encadena según lo que acaba de pasar en la mesa. Por eso dos programas del mismo tema no se parecen — no cambian las palabras, cambia la situación que se le pide al modelo que resuelva.
Ninguno de estos números está estimado: salen de contar el catálogo y las ramas del código.
No se pueden dibujar miles de ramas, pero sí la espina: un programa siempre recorre los mismos puntos de decisión y en el mismo orden. Lo que cambia es por dónde sale en cada uno. Los miles aparecen solos al bajar multiplicando.
Todo contado del código, no estimado.
Y una sola cifra explica el resto: ninguno de estos números está estimado. Las duraciones salen de medir los archivos, las decisiones de leer el código, los descuadres de un reloj que corre dentro del programa. Cuando algo no se puede medir, se dice — en vez de rellenarlo con una cifra que suene bien.
Cinco ramas por cinco desenlaces. Esta parte sí cabe dibujada — y es la que se recorre entera, con el código real, en cada despliegue.